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“Su hijo es el mejor consultor que usted puede encontrar para saber lo que él necesita, si usted está dispuesto a escuchar. Desde el momento en que él nació, su hijo sabía cuándo él tenía hambre, necesitaba que lo cambiaran y cuando tenía que ir a dormir. Haga preguntas que aprovechen el conocimiento que tiene el niño de sí mismo.”
Michael Thompson, Ph.D.
Coautor, Criar A Caín. Asesor Principal de Proyecto
Evite las preguntas sugestivas. Las preguntas que sugieren una respuesta, por ejemplo: “¿No quieres cambiarte de ropa antes de que nos vayamos?” o “¿No te gustaría pedirle una disculpa a tu hermana ahora?” son realmente órdenes, no preguntas. Es posible que estas preguntas provoquen una respuesta hosca, o llanamente un simple “NO”.
En cambio, haga preguntas válidas. Preguntas como por ejemplo: “¿Qué es lo que más te gusta (o detestas) de la escuela ahora?” producirá respuestas reales. Una pregunta real sobre el alimento podría ser: “Últimamente no has comido mucho en el almuerzo, ¿qué te gustaría comer hoy?”. En comparación, una pregunta sugestiva sobre el mismo asunto podría ser: “¿Sabes que te gusta la mantequilla de cacahuate, no quieres una probada?”.
Evite las preguntas generales. Si usted tiene un niño en edad preescolar o un preadolescente, preguntas bien intencionadas pero generales del tipo: “¿Cómo te fue en la escuela?” producen a menudo solamente una sola palabra, de tipo “bien”, “mal” o “normal”. Las preguntas generales conducen a menudo a las conversaciones sin salida.
Mas bien, haga preguntas concretas que inspiren conversaciones productivas. Háble de algo que le haya sucedido recientemente, como por ejemplo: “Cuéntame, ¿se está volviendo más fácil tu clase de español?”. Estas preguntas funcionan porque se basan en la experiencia única del niño y por lo tanto propician que se obtengan respuestas específicas.